Cuando vivimos una verdad es posible apreciar las cantidades ingentes de tan hondo trabajo que están en ella, la atención máxima de tantas personas a sus impulsos y el desarrollo serio de tantas ocurrencias. Reconforta en lo más interno poder detenerse el tiempo suficiente para reconocer y agradecer a cada una de las voluntades.
Ciertamente, una obra de arte verdadera empieza con un impulso como origen y va creciendo. Cuando la contemplamos como espectadores sentimos algo misterioso, una conexión inexplicable que nos hace quedarnos y experimentar algo parecido a la eternidad.
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